Mi gato Serafín

Hoy dejo uno de los primeros romances que aprendí cuando era pequeña.

Recuerdo que Abuela lo recitaba y lo representaba como nadie lo hubiese hecho. Yo solía pedirle que me narrase aquella historia, y tantas veces lo hizo, que consiguió que se quedara pegado en mi mente, como se pegan las abejas a las flores, como lo hacen las raíces de los árboles a la tierra, tan pegado como está la suela al zapato.

Hace años decidí ponerlo por escrito, para no perder de vista esa alegría que Abuela nos transmitía a mis hermanas, a mis primos y a mí a través de este divertido romance y a través de otras tantas cosas, que serán contadas en otro momento.

Hoy lo he recuperado, hoy se me antoja plasmarlo en esta plataforma por ella, por mis hermanas y por mis primos. Si todos nosotros somos como somos y si permanecemos tan unidos como siempre es, en gran parte, gracias a ella, a Abuela.

                          MI GATO SERAFÍN

Una vez tuve yo un gato

blanco y rubio, ¡tan monín!

Tenía el rabo así de gordo,

y se llamaba Serafín.

 

¿Qué pasa?, ¿De qué os reís?,

¿Es que un gato no puede llamarse así?

Es un nombre muy bonito.

Y, además, está puesto por mí.

 

Cada vez que se sentaba,

enroscado en su sillón,

al mirarlo desde lejos,

parecía un almohadón.

 

Una vez vino a mi casa

una amiga de mamá,

¡tan cortísima de vista,

que no veía hasta allá!

 

Gorda, gorda,

gorda como un balón,

y cada dedo, ¡Dios mío!,

¡parecía un salchichón!

 

Entró la vieja en la sala

con los lentes sin poner,

y en el sillón de mi gato…

¡zas!, allí se dejó caer.

 

Cada vez que lo cuento lloro,

Ya no puedo seguir más,

Aplastó a mi pobre gato,

por delante y por detrás.

 

¡Lo dejó hecho una torta!

¡Tan monín, tan monín!

¡Maldita la vieja gorda,

que aplastó a mi Serafín!

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La baldosa mágica

Anteayer, “en el día que precedió inmediatamente al de ayer” (RAE). No olvidaré el día en que aprendí esa palabra. Estaba en casa de mis abuelos, Tita y Tito, como les llamamos en el ámbito familiar. No recuerdo exactamente qué hacía allí, pero seguramente estaría “haciendo alguna piciada”, como dice mi abuelo.

De repente llegó mi primo Raúl, el mayor, y soltó ese “palabro”. ¿Cuál fue mi reacción al escucharlo?, reírme de él hasta que no pude más. Yo me empeñaba en que se decía “antes de ayer” y que él se había inventado esa palabreja que sonaba tan mal en mi cabeza. Fue entonces cuando cogió el diccionario y me enseñó esa palabra escrita en él, con su definición incluida, por supuesto. Fue entonces cuando me di cuenta de que era una “listilla”, que corrijo a los demás cuando no cometen ningún el error y confieso que aún sigo haciéndolo por pura cabezonería.

A parte de iniciarme en el mundo del habla culto, Raúl ha sido ese primo que ha conseguido potenciar mi imaginación al máximo, aunque a veces le costara soportarme, pues nunca le había visto enfadarse tanto con nadie como conmigo cuando un día, también en casa de mis abuelos, no paré de toquetear los botones de su reloj digital. Recuerdo que me fui apenada y avergonzada a casa, eso sí, fue la primera y última vez que le vi realmente enfadado.

Ser el primo mayor no debe ser fácil, pero Raúl ha sabido hacerlo como nadie lo hubiese podido. Por sus manos hemos pasado Alberto, Javier, Lidia, Virginia, Andrea, Almu, su hermana, Reyes y yo y ha sabido sacar de nosotros lo mejor que tenemos dentro.

Él ha sabido cómo potenciar mi imaginación, de hecho, no puedo olvidar el día en que me hizo creer que en la cocina de su casa había una baldosa que era mágica, pues hacía que el exprimidor de naranja funcionase y saliese zumo de él. 

Recuerdo que él pisaba esa baldosa, justo cuando salía el zumo del exprimidor. Yo era muy pequeña, pero no me lo creía, hasta que hizo que pisara yo dicha baldosa. Cuando lo hice… ¡salió zumo del exprimidor! Me acuerdo de que me sentí muy emocionada y feliz a la vez, al saber que la casa de mi primo tenía algo tan mágico como lo que acabo de escribir.

Toda persona que lea esto, ya se habrá dado cuenta de que se trataba de un exprimidor eléctrico. Raúl solo tenía que apretar un poco la naranja sobre él y… ¡magia!, salía zumo. Poco después, tanto mis hermanas como yo, supimos que teníamos un exprimidor como ese, y cada vez que se nos antojaba zumo de naranja, pisábamos una de las baldosas de nuestra cocina, porque el nuestro también era mágico.

Ahora añoro aquellos años donde la imaginación no tenía límites y todo era posible…

La familia crece

Hoy es un día especial para los Simón. Hoy, 11 de febrero, la familia crece. Hoy quiero dejar  de lado (por un día) mis historias de cuando era pequeña para vivir el presente.

Hoy quiero dar la bienvenida a Jorge. Hoy se me antoja imaginarme un niño con los ojos de su padre, grandes, brillantes y que hablan por sí solos, como dos luceros, tal y como se caracterizan aquellos que llevan el gen Simón por dentro. Su nariz, chiquitina, como la de su madre y su piel, delicada y suave como la de cualquier niño recién nacido.

Hoy deseo que su infancia sea parecida a la mía, llena de aventuras, de hermanos, tíos y primos con los que pueda disfrutar la mayor parte de su tiempo. Deseo que crezca a mi lado, que me conozca, que sepa que soy su prima Patri desde el instante en que comience a hablar. Deseo ver dar sus primeros pasos, quiero verle crecer entre nosotros, e imaginarme cuál será su reacción cada vez que vea a Alberto, a Bea, a Primito a Lidia o a Virginia.

Hoy se merecen una mención especial sus abuelos, mis tíos Fidela y Antonio, quienes me acogieron en su casa durante dos años como si fuese su hija. Sus padres, Javier y Vir, pues Jorge ha venido a alegrarles la vida cada día (aunque con el paso de los años se tengan que llevar más de un disgusto…). Su tío, Álex, quien, estoy segura, le enseñará los más feos modales y a la vez hará de él un niño gracioso, tal y como lo es él.

Hoy se me antoja recordar a aquellos que no están, pero que estarían orgullosos de recibir   en la familia a un nuevo miembro. La Abuela, quien aparecerá en más de una de mis historias que escriba en este blog, pues solamente ella tuvo la paciencia suficiente como para aguantar a siete niños revoltosos y traviesos (unos más que otros). El Abuelo, a quien recuerdo vagamente, pero de quién sé que he heredado tantas y tantas cosas que es como si aún estuviese aquí. Por supuesto, sus dos tías Transi, mi madre, y Rosario, a quien no conocí, pero sé que ambas estarían muy emocionadas y orgullosas porque hubiese un niño en la familia..

Hoy la vida es bella.

 

Alberto ‘Corsimone’

Si hay algo que marca la infancia de un niño que vive en una aldea pequeña, es el traslado de su escuela de siempre a un colegio mayor, situado en el pueblo más grande de su comarca. Recuerdo perfectamente ese momento, cuando iba a comenzar a cursar Tercero de Primaria, a punto de cumplir mis ocho años. Fue entonces cuando dejé mi escuela de Arcos y me abrí al mundo “real” al comenzar mis estudios en el colegio comarcal ‘Los Salados‘, comúnmente conocido como Las Comarcales.

Yo era perfectamente consciente de lo que ello conllevaba: amigos nuevos, pasar prácticamente todo el día fuera de tu casa, comer en el colegio y aprender miles de juegos, entre otras muchas actividades… y lo sabía de muy buena tinta, pues mi hermana mayor pasó por eso mismo un año antes que yo.

Me acuerdo de que a mi hermana pequeña y a mí nos enseñaba montones de juegos nuevos, nos ponía al día de lo que se llevaba en el momento, y, por supuesto, nos puso al corriente de la coreografía del anuncio de Nocilla: “leche, caco, avellana y azúcar… Nocilla”. No puedo evitar que aparezca una sonrisa en mi cara cuando me acuerdo de esto, pues esa coreografía marcó nuestras vidas y aún la seguimos recordando cuando nos reunimos con nuestros primos. Puedo jurar que era realmente divertida y aún hoy se nos llenan los ojos de lágrimas debido a la risa producida por tal “baile”.

Vuelvo a lo que exponía antes, mi primer día de colegio en Benavente. Con una mochila prácticamente vacía, muy bien vestida, con mi colonia ‘Barbie Princesita’ pegada a mi piel, subí en el autobús que nos llevaba a nuestro lugar de estudio. Yo no me lo podía creer… ¡íbamos tres niños en asientos de dos! Además, se trataba de un autobús viejo, cuyo mote ya conocía, ‘La Pota’. Ahora he de decir que daría cualquier cosa por volver a verla, aunque mi experiencia me dice que se habrá convertido en pura chatarra, aunque ya lo era en su día…

A las 10 de la mañana ya me encontraba en la puerta de “Los Salados”, rodeada de un montón de gente que no conocía, gente muy mayor, que no paraban de ir de un lado a otro, chicos que no dejaban de hacer rabiar a las chicas, en fin, me encontraba en medio de un caos absoluto y yo solo quería encontrar mi clase… No tardé en entrar en ella, pues, por megafonía, el director del centro iba ordenando subir a cada curso a su respectiva aula.

Llegó la hora punta, las 11 de la mañana, la hora del recreo. Dentro de mí aparecieron cientos de sensaciones que chocaban entre sí. Me sentía asustada por la cantidad de chicos y chicas que allí se encontraban, ilusionada porque ya había conocido gente de otros pueblos, pero lo que más me apetecía era ver a mi hermana…

De repente, vi que un grupo de chicos mayores se estaban acercando a mí. Al  principio, sentí un temblor en mis piernas que me duró hasta que reconocí que entre ellos se encontraba mi primo Alberto. Lo único que hizo fue decir a los demás chicos que allí se encontraban, mientras me tocaba el hombro, “cuidado con ella, que es mi prima”.

En ese instante comprendí que mi primo era uno de los alumnos que “mandaban” en el recreo, era uno de los “amos del patio” y que a mí jamás me pasaría nada siempre y cuando él siguiese allí.

Ahora sé que los chicos de Arcos en general, habían creado como una mafia en el recreo y el año en el que yo entré había cogido el relevo mi primo. Por eso puedo extrapolar la película de El Padrino a la función de mi primo Alberto en el patio del colegio y a su historia allí, que a fin y al cabo, es también mi historia, pues gracias a él absolutamente nadie se metió conmigo en toda mi época de colegio e instituto.

Alberto Corsimone es aquel primo que nunca te dirá un “te quiero”,que te quitará la cara cada vez que intentes darle un beso, pero sabes que en el fondo de su corazón toda su familia le importa. He de decir que él será protagonista en otras aventuras que escribiré en este espacio, pues la mayor parte del tiempo de aquellos años locos, los pasé junto a él, junto a Bea, su hermana, y junto a mis hermanas.

Recuerdo que un día mi hermana pequeña, Lidia, llamó “Salmón” a Alberto y él se lo tomó como una ofensa, pero esa es otra historia que debe ser contada en otro momento…

Presentación

Harta de leer noticias acerca de la corrupción política de nuestro país, asqueada de meterme en foros para poder entender cómo funciona la economía (con un éxito realmente escaso), decepcionada cada vez que pienso en todo el trabajo invertido a lo largo de mi vida universitaria (y todavía dudo si me servirá de algo), desmotivada por la dificultad de encontrar un trabajo digno y estable en este país, he decidido escribir un blog diferente.

He decidido trasladarme años atrás, a mi querida infancia, la que aún hoy recuerdo con nostalgia. Eran tiempos diferentes, cuando los niños salían al parque a jugar, cuando merendábamos bocadillos de Nocilla gigantes (o eso nos parecía a nosotros), cuando los niños respetaban a sus padres, cuando íbamos con ilusión a la escuela porque allí estaba esa ansiada granja de Playmobil que tus padres jamás te podrían comprar porque “no había dinero”, pero éramos felices, o así lo recuerdo yo.

Cuando jugábamos al fútbol en el frontón de nuestro querido pueblo, Arcos de la Polvorosa (Zamora), cuando nos peleábamos porque sí entre nosotros y al día siguiente volvíamos a ser amigos como siempre. Cuando hacíamos cabañas en medio de la nada e imaginábamos que era nuestra casa, pues en ella escondíamos nuestros más preciados tesoros, la mayoría de ellos se podrían considerar ‘basura‘, pero entonces parecía que tenías algo que iba a hacer que tuvieses superpoderes. Cuando te levantabas de la cama para ver ‘Los Trotamúsicos‘, ‘Punky Brewster‘, ‘David, el Gnomo‘ o ‘El Club Megatrix‘, cuyo carné lo guardo en el tarjetero como si se tratase de mi DNI.

Es cierto, la infancia de ahora no es como la de antes, por eso quiero escribir para recordar todas esas aventuras, que desgraciadamente, muy pocos niños viven hoy en día.

A lo largo de este blog recordaré todo aquello que acostumbraba a hacer con mis primos, con mis amigos del pueblo, con mis amigos del colegio, con profesores y otros adultos, cuando deseaba hacerme mayor…

¿Quién me iba a decir entonces que cuando tuviese 24 años querría tener 20 años menos para poder vivir de nuevo todo eso?…